A las 02:13 de la madrugada, Cora Hastings ya no estaba mirando la ventisca desde la ventana de su cabaña: estaba frente a las puertas del granero, con el manifiesto abierto y veinticinco lobos heridos detrás de ella.
La última línea de la hoja seguía ahí.
SEGUNDA RECUPERACIÓN: 02:13.

El hombre plateado había terminado de ponerse de pie, aunque todavía respiraba con dificultad. Tenía una herida en el costado y el frío le había dejado la piel pálida, pero su mirada ya no parecía la de alguien que acababa de sobrevivir a un accidente.
Parecía la de alguien que estaba calculando cuánto tiempo les quedaba.
—¿Cuánto falta? —preguntó Cora.
Él miró el reloj de pared.
—Poco.
—¿Y qué pasa a las 02:13?
—Si el convoy llega hasta aquí, vienen por nosotros.
Cora apretó el manifiesto entre los dedos.
—Entonces nos vamos.
El hombre negó con la cabeza.
—Afuera no llegaremos ni al camino principal.
Cora miró por una de las ventanas del granero. La nieve seguía cruzando el patio casi de manera horizontal. El viento golpeaba las paredes y los árboles apenas se distinguían detrás de la cortina blanca.
La carretera estaba cerrada.
El refugio estaba aislado.
Y alguien sabía exactamente dónde encontrarla.
Eso era lo que más le preocupaba.
Durante tres años, Cora había hecho todo lo posible por desaparecer de Silver Pines. Había cambiado sus rutinas, había evitado contactos y había enterrado su naturaleza omega bajo una vida dedicada al refugio Blackwood Ridge.
Había pensado que esconderse era suficiente.
Ahora tenía veinticinco licanos en su granero y una carpeta que demostraba que alguien había planeado llevarlos hasta ella.
El hombre plateado extendió la mano.
—Necesito saber qué más hay en esa carpeta.
Cora se la entregó.
Él revisó el manifiesto, los códigos de contención y la lista de jaulas. Luego encontró una hoja doblada en la parte posterior.
No tenía nombres.
Solo una serie de horarios.
23:17.
00:30.
02:13.
04:40.
Cora se acercó.
—¿Qué significa 04:40?
El hombre no respondió de inmediato.
Volvió a mirar la hoja.
—No lo sé.
—Pero reconoces los otros horarios.
—El primero fue el traslado. El segundo corresponde al momento en que empezaron a buscarnos después del choque. El tercero es esta recuperación.
Cora señaló el último.
—¿Y este?
—Puede ser el siguiente movimiento.
Un gruñido bajo recorrió el granero.
Los veinticuatro lobos levantaron la cabeza.
Cora se volvió hacia ellos.
No estaban mirando las puertas.
Estaban mirando al hombre plateado.
Él entendió antes que ella.
—Están escuchando.
Cora guardó la hoja en el bolsillo del overol.
—¿Qué?
—Motores.
Ella no oía nada.
Todavía.
Pero unos segundos después, el viento cambió de dirección y un sonido profundo llegó desde el bosque.
Un motor.
Luego otro.
Cora apagó la lámpara del granero.
No porque creyera que la oscuridad los protegería, sino porque ya no quería regalarle a nadie una silueta contra las ventanas.
El hombre plateado se acercó a la puerta.
—No abras.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Cora lo miró.
—Todavía no me has dicho tu nombre.
Él sostuvo su mirada.
—Julian.
La respuesta hizo que Cora frunciera el ceño.
—¿Julian qué?
—Eso tendrá que esperar.
Otro ruido llegó desde el exterior.
Esta vez era más cercano.
Cora caminó hasta la pequeña ventana lateral y apartó apenas la cortina.
Entre la nieve alcanzó a distinguir dos luces avanzando lentamente por el camino que llevaba al refugio.
No eran vehículos de rescate.
Eran demasiado oscuros.
Y demasiado grandes.
Cora dejó caer la cortina.
—Son ellos.
Julian asintió.
—La segunda recuperación.
Cora sintió que la marca bajo su piel volvía a arder.
No sabía si era miedo, instinto o la presencia del alfa que tenía delante.
Quizá las tres cosas.
Pero esta vez no retrocedió.
—Si vinieron por ustedes, tendrán que pasar por mí.
Julian la miró durante unos segundos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
Cora levantó la carpeta.
—Este refugio es mío.
Por primera vez, Julian pareció comprender que ella no era solamente la omega que los hombres del convoy habían mencionado.
Era la persona que había abierto una jaula tras otra mientras todos los demás habrían esperado a que amaneciera.
Y eso cambiaba la forma en que debía hablarle.
—Entonces escucha con cuidado —dijo—. Si esos hombres entran, no van a intentar llevarnos a todos de regreso.
Cora sostuvo la respiración.
—¿Qué van a hacer?
Julian miró hacia las jaulas.
—Van a comprobar cuál de nosotros sobrevivió.
La frase dejó un peso distinto en el granero.
Cora caminó hasta el primer lobo que había atendido. Tenía el costado vendado y respiraba mejor. Luego revisó al siguiente.
Uno por uno.
No iba a permitir que nadie se los llevara como mercancía.
Afuera, un vehículo se detuvo.
Después otro.
Una puerta se cerró.
Pasos sobre la nieve.
Julian levantó una mano.
Los veinticinco animales quedaron atentos.
Cora miró a los lobos y entendió algo que había pasado por alto durante el rescate.
No estaban solamente obedeciendo a Julian.
Estaban esperando una orden.
Y Julian tampoco estaba actuando como un animal herido que necesitaba que alguien lo salvara.
Estaba conteniéndose.
Como si llevara horas evitando hacer exactamente lo que su naturaleza le pedía.
Entonces alguien golpeó la puerta exterior del granero.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cora no se movió.
—Cora Hastings —gritó una voz desde afuera—. Sabemos que estás ahí.
El nombre le atravesó el pecho.
Hacía tres años que nadie lo pronunciaba así.
No como una persona perdida.
Como un objetivo.
Julian se colocó junto a ella.
—No respondas.
La voz volvió a escucharse.
—No queremos hacerte daño. Solo venimos por la carga.
Cora miró la carpeta.
Carga.
Veinticinco vidas reducidas a una palabra.
Abrió la primera página y encontró los códigos de las jaulas.
Entonces vio algo que antes no había notado.
Junto a cada código había una segunda marca.
No era un número de identificación.
Era una clasificación.
Y en veinticuatro de las veinticinco jaulas aparecía la misma letra.
Cora levantó la hoja.
—¿Qué significa esto?
Julian miró el documento.
Su expresión cambió.
—No puede ser.
—¿Qué?
—La letra no identifica a los lobos.
—Entonces, ¿qué identifica?
Julian señaló la única jaula que no tenía esa marca.
La suya.
—Identifica a los que necesitaban para llegar hasta mí.
Cora entendió lentamente.
Los veinticuatro no eran simplemente prisioneros.
Eran parte del plan.
Habían sido utilizados como señuelo para obligar al Rey Licano a moverse.
Pero había otra pieza que todavía no encajaba.
Cora.
Ella bajó la hoja.
—Y yo era el destino.
Julian no respondió.
No hacía falta.
La puerta volvió a recibir un golpe.
Esta vez más fuerte.
La madera vibró.
Cora miró el cerrojo.
Luego miró a Julian.
—¿Quién es Decklin Hayes?
La pregunta pareció alterar incluso a los lobos.
Julian tardó unos segundos en responder.
—El alfa de Silver Pines.
—Eso ya lo sé.
—Entonces sabes por qué huiste.
—Sé por qué me fui. No sé por qué sigue buscándome.
Julian bajó la mirada hacia la marca omega que ardía bajo la piel de Cora.
—Porque probablemente cree que todavía le perteneces.
Cora dio un paso atrás.
—No le pertenezco a nadie.
—Eso es lo que tendrás que demostrarle.
—No.
Cora sostuvo la carpeta contra su pecho.
—Eso es lo que voy a demostrarme a mí misma.
Julian no discutió.
En cambio, señaló la parte inferior de la página.
Había una anotación casi borrada.
No decía Silver Pines.
No decía Blackwood Ridge.
Decía únicamente: OMEGA CONFIRMADA.
Cora sintió que todo el aire del granero se hacía más pesado.
—Ellos sabían lo que soy.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Julian negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Afuera se escuchó una voz dando instrucciones.
Después, el sonido metálico de algo siendo descargado de un vehículo.
Cora miró hacia la puerta.
No necesitaba ver qué era.
La segunda recuperación había comenzado.
Julian se acercó a los veinticinco lobos.
No gritó.
No hizo un gesto exagerado.
Solo levantó la cabeza.
Los animales se pusieron de pie, uno por uno.
Algunos todavía estaban débiles.
Otros apenas podían sostenerse.
Pero ninguno se apartó.
Cora comprendió entonces cuál era su verdadera elección.
Podía abrir una salida y dejar que Julian guiara a la manada hacia el bosque.
O podía quedarse y averiguar por qué una empresa de seguridad había trasladado veinticinco licanos durante una tormenta mortal, por qué Decklin Hayes estaba relacionado con el convoy y por qué ella figuraba como destino.
Eligió la segunda opción.
No porque confiara en Julian.
Todavía no.
Lo eligió porque la carpeta estaba en sus manos y, por primera vez en tres años, Cora tenía algo que no podía ignorar.
Prueba de que su pasado no la había olvidado.
La puerta recibió un último golpe.
El cerrojo se movió.
Cora guardó la hoja de los horarios junto a su pecho y tomó la palanca que había usado para abrir las jaulas.
Julian la miró.
—Quédate detrás de mí.
Cora negó con la cabeza.
—No.
—Cora.
—Tú eres el Rey Licano.
Él se quedó quieto.
—Y yo soy la mujer que abrió tus jaulas.
Cora se colocó junto a él.
—Así que esta vez decidimos juntos.
Los veinticinco lobos levantaron la cabeza.
Afuera, la nieve seguía cubriendo el camino.
Adentro, la puerta comenzó a ceder.
Y justo antes de que la madera se abriera, Cora vio algo en la carpeta que cambió por completo la pregunta.
Debajo de la anotación de las 02:13 había una última instrucción.
No decía qué debían recuperar.
Decía a quién debían entregar.
Decklin Hayes.
Y debajo de su nombre aparecía una segunda línea que Cora no había visto durante el rescate.
REY LICANO: VIVO.
Cora levantó la mirada hacia Julian.
Él ya estaba mirando la misma línea.
Ninguno de los dos habló.
La puerta se abrió unos centímetros.
Y esta vez, los veinticinco lobos no retrocedieron.