La Foto Que Le Devolvió A Emma Un Pasado Que Quería Enterrar-eirian

Debajo de la fotografía aparecía un nombre que yo conocía demasiado bien, pero fue la palabra junto a él la que hizo que dejara de pensar en aquella visita como un simple favor.

El hombre de la imagen no figuraba como objetivo, sospechoso ni contacto perdido.

Figuraba como instructor.

Image

Levanté la vista hacia los hombres de la SUV.

—Esto está mal.

El funcionario que me había entregado la carpeta no respondió de inmediato.

A nuestro lado, el sargento Dawson seguía suficientemente cerca para comprender que aquello no era una visita social, pero lo bastante lejos para no escuchar cada palabra.

—Ojalá —dijo por fin el hombre.

Volví a mirar la fotografía.

Se llamaba Daniel Mercer.

Tres años atrás, durante la última etapa de mi servicio clasificado, Mercer había sido uno de los pocos adultos en quienes yo confiaba sin hacer preguntas.

No dirigía las operaciones desde una oficina.

Nos preparaba antes de ellas.

Nos enseñaba a leer una habitación antes de entrar, a distinguir miedo de actuación, a detectar cuándo alguien estaba ocultando un arma por la forma en que protegía un lado del cuerpo y, sobre todo, a sobrevivir cuando un plan dejaba de existir.

Yo tenía diecinueve años entonces.

Mercer era una de las razones por las que había llegado viva a los veinte.

—Desapareció hace ocho meses —dijo el segundo hombre, el que yo reconocía de mi antiguo expediente—. Pensamos que se había retirado.

—Él nunca se retiraba sin avisar.

—Lo sabemos ahora.

Cerré la carpeta.

Eso fue lo que más me molestó.

No habían venido porque Mercer hubiera desaparecido.

Habían venido porque algo había cambiado.

—¿Qué hizo?

El funcionario negó con la cabeza.

—Todavía no sabemos si hizo algo.

—Entonces, ¿por qué estoy viendo su fotografía?

El hombre señaló la carpeta.

—Porque apareció hace cuatro días en una lista de personal vinculada a un centro de entrenamiento privado.

No dije nada.

Él continuó.

—Uno de los nombres asociados con ese centro coincide con una identidad utilizada durante una operación en la que tú participaste.

Sentí cómo se me tensaban los dedos alrededor de la carpeta.

No era miedo exactamente.

Era memoria muscular.

Mi cuerpo había reconocido el peligro antes de que mi cabeza terminara de organizarlo.

—¿Cuál identidad?

El hombre me sostuvo la mirada.

—No podemos decirlo aquí.

Eso confirmó lo que ya sospechaba.

No habían venido a pedirme que identificara a Mercer.

Sabían perfectamente quién era.

Querían saber si yo podía reconocer a alguien más alrededor de él.

—Me dijeron que sólo necesitaban que identificara a una persona.

—Y es cierto.

—No. Me enseñaron a una persona para llevarme hasta otra.

El funcionario dejó escapar aire por la nariz.

Por primera vez desde que bajaron de la camioneta, pareció cansado.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué cosa?

—Escuchar lo que no estamos diciendo.

—Ustedes me enseñaron.

Dawson se acercó un paso.

—Walker.

Me giré.

Su mirada fue de la carpeta a los hombres y luego volvió a mí.

—¿Hay algún problema?

Ésa era una pregunta sencilla.

La respuesta no lo era.

Yo había llegado a Fort Moore porque quería una vida en la que las preguntas sencillas tuvieran respuestas sencillas.

Quería preocuparme por horarios, inspecciones, entrenamiento físico y por no ser la última en una formación.

Quería que mi pasado fuera exactamente eso.

Pasado.

—No, sargento —dije—. Todavía no.

El funcionario aprovechó esas dos palabras.

—Necesitamos cinco minutos en privado.

Dawson no se movió.

—Ella está en entrenamiento.

—Lo sabemos.

—Entonces también saben que no se la llevan sin autorización.

El hombre metió la mano en el saco.

Pensé que sacaría otra credencial.

En cambio, sacó un teléfono.

Marcó un número, esperó apenas unos segundos y se lo entregó a Dawson.

El sargento escuchó.

No cambió de postura.

Sólo dijo dos veces: “Sí, señor”.

Después devolvió el aparato.

—Tienen cinco minutos.

Se alejó, aunque no demasiado.

Miré al funcionario.

—Eso fue rápido.

—Tu carta no era el único documento que llegó a esta instalación.

Aquella frase me cayó peor que la visita.

—¿Desde cuándo sabían que yo estaba aquí?

Nadie respondió.

Y ésa fue la respuesta.

Desde antes de que yo cruzara la entrada.

Tal vez desde antes de que firmara mi nuevo enlistamiento.

Había creído que elegir una vida abierta significaba salir de las sombras.

Ahora entendía que las sombras simplemente habían aprendido mi nueva dirección.

Abrí otra vez la carpeta.

Detrás de la foto de Mercer había tres imágenes más.

Dos rostros no me dijeron nada.

El tercero sí.

No conocía su nombre verdadero.

Nunca lo había conocido.

Pero recordaba sus manos.

En nuestra última misión, aquel hombre había estado a menos de tres metros de mí durante un intercambio que duró menos de un minuto y que terminó cambiando todo el operativo.

En ese momento nos habían dicho que era un intermediario local sin importancia.

Un mensajero.

Alguien reemplazable.

Yo nunca lo había creído.

—Éste —dije.

El funcionario se inclinó apenas.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Han pasado tres años.

—Tiene una cicatriz pequeña junto al pulgar derecho.

El funcionario miró al hombre de mi antiguo expediente.

Él sacó otra fotografía, esta vez tomada desde un ángulo lateral.

La cicatriz estaba ahí.

—Eso no aparecía en nuestros informes —dijo.

—Porque sus informes se escribieron después de que él se fuera.

—¿Lo viste salir?

—Lo vi cambiar de chaqueta, cubrirse la cabeza y mezclarse con las personas que estaban evacuando el edificio.

El silencio entre los dos hombres ya no fue duda.

Fue cálculo.

—Entonces era él —murmuró uno.

Cerré la carpeta de golpe.

—Ya hice lo que vinieron a pedirme.

Se la extendí.

El funcionario no la tomó.

—Hay algo más.

—Siempre hay algo más.

—Mercer aparece entrando al centro con ese hombre.

Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el cartón.

—¿Juntos?

—Sí.

—¿Hablando?

—Sí.

—¿Mercer estaba retenido?

—No parece.

Ahí estuvo la primera grieta real.

Yo podía aceptar que Mercer hubiera sido localizado.

Podía aceptar que estuviera siguiendo una pista.

Incluso podía aceptar que hubiera desaparecido por decisión propia.

Lo que no podía encajar era que caminara voluntariamente junto a un hombre al que años atrás nos habían enseñado a tratar como una pieza menor.

A menos que nunca hubiera sido menor.

O a menos que Mercer supiera algo que nosotros no sabíamos.

—Quieren que vaya con ustedes.

—Queremos que nos ayudes a confirmar una identificación completa.

—Eso significa ir con ustedes.

—Por unas horas.

Solté una risa corta, sin humor.

—Así empezó la primera vez.

El funcionario bajó la voz.

—Emma, no tienes obligación de aceptar.

Eso me hizo mirarlo de verdad.

En mi antiguo servicio casi nunca se pronunciaban esas palabras.

No tienes obligación.

A los diecisiete años, las opciones habían sido presentadas de otra manera.

Como oportunidad.

Como deber.

Como algo que personas especiales debían hacer porque podían.

A los veintidós, entendía mejor la diferencia entre poder elegir y que alguien construyera una elección para ti.

—Entonces digo que no.

El hombre asintió.

No discutió.

Tomó la carpeta de mis manos.

—Está bien.

Eso me inquietó más.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil.

Se dio vuelta hacia la camioneta.

El segundo hombre lo siguió.

Yo debería haber regresado con Dawson.

Debería haber tomado el rifle, continuar con el entrenamiento y dejar que esa SUV desapareciera del campo.

Eso era exactamente lo que había querido desde que llegué.

Normalidad.

Pero entonces vi que una de las fotografías se había deslizado fuera de la carpeta.

Había caído sobre la tierra cerca de mi bota.

Me agaché y la recogí.

No era ninguna de las imágenes que ya había visto.

Era una fotografía más reciente de Mercer.

Estaba entrando al centro privado.

A su lado caminaba el hombre de la cicatriz.

Y detrás de ellos, parcialmente cubierto por una puerta, aparecía un objeto que reconocí de inmediato.

Una mochila gris con una costura roja reparada a mano.

La mía.

Sentí que el campo entero se alejaba.

Aquella mochila había desaparecido durante mi última operación.

Yo misma había preguntado por ella al regresar.

Me dijeron que se había perdido durante la evacuación.

No había nada valioso dentro.

Sólo ropa, un cuaderno, una fotografía familiar y algunas cosas que una muchacha de diecinueve años cargaba para recordar que todavía existía una persona fuera de las misiones.

Pero yo había cosido esa línea roja en una esquina meses antes.

No podía confundirla.

—Esperen.

Los dos hombres se detuvieron.

Levanté la fotografía.

—¿Cuándo fue tomada?

El funcionario regresó.

—Hace cuatro días.

—Esa mochila es mía.

Por primera vez, él no tuvo una respuesta preparada.

—¿Estás segura?

—La reparé yo.

Le mostré la costura.

El hombre de mi antiguo expediente se acercó rápidamente.

—Nos dijeron que pertenecía a Mercer.

—No.

Miré otra vez la imagen.

Mercer caminaba delante de la mochila.

No la cargaba él.

La llevaba una tercera persona casi oculta por la puerta.

—Amplíen esto.

—No tenemos el archivo aquí.

—Entonces consíganlo.

La autoridad en mi voz salió sola.

Dawson volvió a mirar desde la línea de tiro.

Los hombres intercambiaron una mirada.

El funcionario abrió la puerta trasera de la SUV y sacó una tableta.

Un minuto después teníamos la fotografía en pantalla.

Ampliamos el fondo.

La imagen perdió nitidez, pero alcanzaba.

La persona que cargaba mi mochila era joven.

Muy joven.

Tal vez dieciocho.

Tal vez menos.

Llevaba el cabello recogido y caminaba dos pasos detrás de Mercer.

No parecía prisionera.

Tampoco parecía cómoda.

Yo conocía esa forma de caminar.

Cabeza ligeramente baja.

Hombros atentos.

Distancia exacta respecto al adulto que iba delante.

Así caminábamos nosotros cuando todavía estábamos aprendiendo a no parecer entrenados.

—¿Quién es ella?

—No lo sabemos.

—¿Edad?

—No confirmada.

—¿Nombre?

—Ninguno.

Miré a Mercer otra vez.

Entonces entendí por qué habían venido a buscarme y por qué, al mismo tiempo, no habían querido decirme demasiado.

No necesitaban mis recuerdos de un hombre de la cicatriz.

Necesitaban saber si yo veía en aquella muchacha lo mismo que ellos temían estar viendo.

—Creen que el programa sigue activo.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Sentí un frío extraño bajo el sol de Georgia.

Durante años me había repetido que lo que me ocurrió pertenecía a una época cerrada, enterrada bajo documentos clasificados y órdenes que nadie mencionaría en público.

Había logrado vivir con esa idea porque convertía mi pasado en una herida terminada.

Si otra joven estaba siendo reclutada de la misma manera, ya no era pasado.

Era un patrón.

—¿Mercer está reclutando gente?

—No lo sabemos.

—¿Está protegiéndola?

—Tampoco lo sabemos.

—¿Y quieren que yo se los diga mirando una fotografía?

—Queremos que nos ayudes a no cometer un error.

Ésa fue la primera frase que me hizo considerar acompañarlos.

No porque confiara en ellos.

Porque yo conocía el costo de un error.

Si trataban a la muchacha como una amenaza cuando era una recluta asustada, podían destruirla.

Si la trataban como víctima cuando ya estaba comprometida con una operación peligrosa, podían poner a otros en riesgo.

Y si Mercer estaba allí para impedir que alguien repitiera lo que nos hicieron a nosotros, entrar sin comprenderlo podía ser peor.

Miré hacia Dawson.

Él seguía esperando.

Mi nueva vida estaba a menos de cincuenta metros.

Mi antigua vida estaba dentro de una fotografía.

Por primera vez, no quería elegir una y perder la otra.

—No voy con ustedes como operadora —dije.

El funcionario asintió.

—De acuerdo.

—No obedezco órdenes fuera de mi cadena actual.

—De acuerdo.

—No llevo arma de ustedes.

—De acuerdo.

—Y si descubro que esa joven está siendo utilizada como nosotros fuimos utilizados, esto se termina en ese momento.

El hombre me observó con cuidado.

—No puedo prometerte autoridad para terminar nada.

—Entonces no voy.

Fue mi turno de darme la vuelta.

—Espera.

Me detuve.

—Puedes retirarte en cualquier momento —dijo—. Eso sí puedo autorizarlo.

Lo miré.

No era suficiente.

Pero era una diferencia.

Y para alguien que había pasado años sin poder decidir cuándo terminaba una misión, esa diferencia importaba.

Antes de subir a la SUV, fui con Dawson.

No le conté la verdad.

No podía.

Sólo le dije que había recibido autorización temporal para salir del entrenamiento y que regresaría en cuanto terminara una revisión relacionada con mi servicio anterior.

El sargento miró hacia el vehículo.

—¿Quiere ir?

La pregunta me sorprendió.

—No.

—Entonces, ¿por qué va?

Observé la fotografía que todavía tenía en la mano.

—Porque alguien podría estar empezando donde yo empecé.

Dawson siguió mi mirada, aunque desde su posición no podía distinguir el rostro de la muchacha.

—Entendido.

Me tendió el rifle.

Por un instante pensé que quería que lo llevara.

En cambio, señaló la mesa de armas.

—Devuélvalo antes de salir.

Casi sonreí.

Aquello, curiosamente, me devolvió algo de normalidad.

Incluso cuando tu pasado clasificado aparecía en una SUV negra, el equipo seguía teniendo que regresar al lugar correcto.

Una hora más tarde estábamos en una instalación discreta fuera del área de entrenamiento.

No pregunté el nombre.

No necesitaba saberlo.

En una sala pequeña me mostraron seis minutos de video grabados desde lejos.

Mercer aparecía tres veces.

En ninguna parecía retenido.

En dos hablaba con el hombre de la cicatriz.

En la tercera estaba con la joven.

—Detén ahí.

La imagen se congeló.

Mercer le estaba entregando algo.

No un arma.

No un teléfono.

Una libreta.

Mi libreta.

Reconocí la cubierta gastada.

Sentí una presión detrás de los ojos que me negué a convertir en lágrimas.

Dentro de aquella libreta había nombres falsos, ejercicios, dibujos absurdos hechos durante viajes interminables y una lista de cosas que quería hacer si alguna vez llevaba una vida normal.

Aprender a cocinar algo que no viniera en una bolsa.

Tener una planta y mantenerla viva.

Entrar a un lugar usando mi nombre real.

Servir sin mentir sobre quién era.

Mercer sabía lo que esa libreta significaba.

—No está reclutándola —dije.

Uno de los analistas frunció el ceño.

—No podemos concluir eso.

—Yo sí puedo concluir que no le está dando material operativo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ese cuaderno era mío.

La sala cambió.

No de manera dramática.

Simplemente todos dejaron de ver la pantalla como evidencia anónima.

Ahora había una historia humana dentro.

—¿Qué contiene?

—Nada que les sirva para una operación.

Hice una pausa.

—Pero sí algo que podría servirle a una persona que no sabe cómo salir de una.

Pedí volver a ver el fragmento.

Esta vez observé a la joven, no a Mercer.

Cuando recibió la libreta, no la guardó como quien recibe instrucciones.

La sostuvo contra el pecho durante un segundo.

Yo había hecho exactamente lo mismo a los diecinueve años cuando alguien me entregaba algo que me recordaba que todavía tenía elección.

—Mercer está intentando sacarla.

—Eso sigue siendo una interpretación —dijo el funcionario.

—Sí.

Me giré hacia él.

—Así que no entren todavía.

—Hay otra razón por la que estamos preocupados.

Puso una imagen distinta en la pantalla.

Era un registro de acceso.

El hombre de la cicatriz había programado una salida para esa misma noche.

Tres personas.

Mercer.

Él.

Y la joven.

Destino no identificado.

—Si se van, podemos perderlos —dijo.

—Si entran antes de tiempo, también.

—Por eso estás aquí.

Entonces entendí el verdadero peso de la decisión.

No me habían llevado para volver a convertirme en lo que fui.

Me habían llevado porque mi experiencia podía impedir que otros actuaran a ciegas.

Eso era diferente.

Pero sólo si yo mantenía la diferencia.

—Quiero hablar con Mercer.

—No podemos acercarte sin comprometer la vigilancia.

—Entonces hagan que él se acerque.

El funcionario me miró como si acabara de escuchar algo imposible.

—¿Cómo?

Señalé mi mochila en la fotografía.

—Él la dejó visible por una razón.

Nadie había considerado eso.

Para cualquier otra persona era una mochila vieja.

Para mí era una señal imposible de ignorar.

Mercer sabía que si alguna vez esa imagen llegaba a mis manos, yo la reconocería.

No estaba ocultando mi pasado.

Me estaba llamando.

Propuse algo sencillo.

Nada de equipos entrando.

Nada de persecuciones.

Nada de una operación montada alrededor de mí.

Sólo un mensaje colocado donde Mercer pudiera verlo utilizando una frase que él me había enseñado años atrás y que nunca había formado parte de ningún código oficial.

No era una contraseña.

Era una broma privada sobre mi incapacidad para mantener viva una planta.

Si respondía, sabríamos que estaba actuando por voluntad propia.

Si no respondía, ellos podrían tomar otra decisión.

El mensaje salió.

Pasaron cuarenta y tres minutos.

A los cuarenta y cuatro llegó la respuesta.

Tres palabras.

“Todavía sigue viva.”

Cerré los ojos un segundo.

No hablaba de una planta.

Hablaba de mí.

Después llegó una ubicación para un encuentro breve.

Mercer apareció solo.

Cuando lo vi entrar, tres años de enojo, alivio y preguntas me golpearon al mismo tiempo.

Había envejecido.

Más canas.

Una cicatriz nueva junto a la mandíbula.

Pero caminaba igual.

Me miró y, por primera vez desde que yo tenía diecinueve, no me saludó como subordinada.

—Emma.

Sólo mi nombre.

—¿Qué estás haciendo?

—Intentando terminar algo que debió terminar antes de que tú fueras reclutada.

No hizo falta preguntar qué.

La joven se llamaba Maya.

Tenía dieciocho años.

No había sido reclutada por el antiguo programa gubernamental, porque aquel programa oficialmente había sido cerrado.

El problema era peor de otra manera.

Personas que habían conocido sus métodos estaban reproduciendo parte del sistema en privado: selección de jóvenes vulnerables, entrenamiento acelerado, presión psicológica y promesas de propósito a cambio de obediencia.

El hombre de la cicatriz no había sido un mensajero años atrás.

Había estado estudiándonos.

Aprendiendo.

Esperando.

—¿Y tú por qué estás con él? —pregunté.

—Porque Maya no iba a confiar en nadie que llegara llamándolo monstruo desde la puerta.

—Pudiste avisar.

—No sabía quién seguía comprometido.

Eso dolió porque era razonable.

En nuestro mundo, el secreto había protegido misiones tantas veces que también había terminado protegiendo errores.

—¿Por qué mi mochila?

Mercer bajó la mirada.

—La recuperé después de aquella operación.

—Me dijeron que se había perdido.

—Yo también te mentí.

La frase cayó sin excusas.

—¿Por qué?

—Porque tu cuaderno contenía cosas que habrían usado para evaluarte. Tus miedos. Tus planes. Tu deseo de salir. Lo saqué del inventario antes de que lo revisaran.

Sentí rabia.

No porque hubiera protegido la libreta.

Porque había decidido por mí.

Otra vez.

Mercer lo vio en mi cara.

—Debí habértelo dicho.

—Sí.

No lo perdoné en ese momento.

Tampoco necesitaba hacerlo para entender el resto.

Maya quería salir.

Mercer la estaba ayudando.

El hombre de la cicatriz planeaba trasladarla esa misma noche porque sospechaba que alguien había descubierto el centro.

La salida registrada no era una misión.

Era una prueba de lealtad.

Si Maya aceptaba ir, perdería su última oportunidad de marcharse sin quedar completamente atrapada en la organización.

—Déjame hablar con ella —dije.

Mercer negó.

—No necesita otra persona diciéndole qué hacer.

Aquella respuesta cambió todo.

Tres años antes, el Mercer que yo conocía habría organizado la salida, dado instrucciones y esperado obediencia.

Ahora estaba protegiendo la única cosa que a nosotros nos había faltado.

Elección.

—Entonces no le diré qué hacer.

Nos encontramos con Maya una hora después.

No le conté mis medallas.

No le hablé de operaciones.

No intenté impresionarla.

Le enseñé la libreta.

—Era mía.

Ella la sostuvo con cuidado.

—Mercer dijo que perteneció a alguien que logró salir.

—No exactamente.

—¿No saliste?

Pensé en Fort Moore.

En el coronel Mitchell.

En Dawson.

En el rifle que había devuelto a la mesa.

—Estoy aprendiendo.

Maya me observó durante unos segundos.

—¿Qué pasa si me voy?

—No lo sé.

Ella pareció sorprendida.

—Todos me dicen que saben.

—Entonces todos te están vendiendo algo.

Fue lo único que le dije que podía sonar a consejo.

Después le expliqué lo que sí sabía.

Que irse tendría consecuencias.

Que quedarse también.

Que el miedo no significaba automáticamente que una elección fuera incorrecta.

Y que nadie que de verdad quisiera ayudarla debía necesitar que ella decidiera en treinta segundos.

Maya miró a Mercer.

Luego miró la libreta.

—Quiero irme.

No hubo aplausos.

No hubo discursos.

Mercer simplemente asintió.

La salida tuvo que hacerse con cuidado, pero no necesitó la clase de operación que había definido mi adolescencia.

El hombre de la cicatriz perdió el acceso a Maya antes de poder trasladarla.

La información obtenida permitió que las autoridades responsables iniciaran una revisión del centro y de las personas vinculadas a él.

Yo no participé en interrogatorios ni en ninguna misión posterior.

Esa parte fue importante.

Cuando intentaron pedirme que permaneciera disponible para nuevas consultas, puse un límite.

Podía explicar lo que yo había vivido.

Podía identificar métodos que reconociera.

Pero no volvería a convertirme en una herramienta sin fecha de salida.

Esta vez aceptaron.

Tal vez porque yo ya no tenía diecisiete años.

Tal vez porque, finalmente, había aprendido a decir no sin sentir que estaba traicionando a alguien.

Mercer y yo hablamos una última vez antes de que regresara a Fort Moore.

Me devolvió la mochila gris.

La costura roja seguía en una esquina.

También me entregó la libreta.

—Debí devolverte esto hace tres años.

—Sí.

—¿Vas a perdonarme?

Pensé un momento.

—No hoy.

Mercer sonrió apenas.

—Eso también es progreso.

Cuando volví a la base, ya era de noche.

Dawson estaba terminando tareas administrativas cuando me presenté.

Le entregué la autorización correspondiente y esperé preguntas.

No hizo ninguna sobre la misión.

Sólo señaló mi mochila.

—¿Eso también estaba clasificado?

Miré la costura roja.

—No, sargento.

—Bien. Mañana a las cinco.

—Sí, sargento.

Y eso fue todo.

A la mañana siguiente volví al entrenamiento.

Algunos reclutas seguían mirándome por las medallas.

Otros por los rumores.

Yo dejé que miraran.

Durante años había creído que una vida normal significaba borrar todo lo que había sido antes.

Me equivocaba.

Lo normal no era fingir que nada había ocurrido.

Era poder decidir qué parte de tu historia llevabas contigo y cuál se quedaba atrás.

Las medallas permanecieron donde debían estar.

La carta clasificada volvió a guardarse.

La libreta terminó dentro de mi casillero, no como evidencia ni como secreto operativo, sino como algo mío.

Y la mochila que una vez había desaparecido en una misión regresó conmigo a una barraca ordinaria, llena ahora de ropa de entrenamiento, calcetines y cosas que no significaban nada para nadie más.

Semanas después añadí una nueva línea al final de aquella vieja lista de deseos.

No decía completar otra misión.

No decía ganar otra condecoración.

Decía algo mucho más difícil para mí.

Elegir cuándo ayudar.

Y también cuándo volver a casa.

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