La enorme figura siguió descendiendo por la colina, y cada pisada hacía vibrar la tierra bajo los cascos de Luna. Los cuatro lobos, que durante días habían esperado pacientemente a que el cansancio hiciera su trabajo, dejaron de acercarse a la yegua y a su potrillo. Ahora todos miraban hacia el mismo lugar.
Luna no entendía qué estaba pasando.
Solo sabía que algo había cambiado.

Canelo seguía escondido contra su costado. El potrillo temblaba, agotado después de varios días caminando bajo el calor y con muy poca comida. Luna sentía las piernas débiles, pero no se movió.
Había pasado demasiado tiempo protegiéndolo como para apartarse justo entonces.
Durante días, cuatro lobos habían seguido sus pasos por las llanuras del norte de Chihuahua. No corrían detrás de ellos todo el tiempo. No les hacía falta.
Los observaban desde las lomas.
Esperaban.
Sabían que una yegua vieja y un potrillo cansado no podían mantener el mismo ritmo que una manada sana. La sequía había hecho el resto. La hierba estaba amarilla, los arroyos se habían reducido a hileras de piedras y cada sorbo de agua se había vuelto importante.
Luna había intentado mantener a Canelo en movimiento.
—Vamos.
Cuando él tropezaba, lo empujaba suavemente con el hocico.
Cuando se alejaba demasiado, lo llamaba.
—No te alejes.
Y Canelo regresaba.
Había nacido al final de la temporada de lluvias, cuando todavía había suficiente humedad para que las praderas parecieran otra cosa. Era pequeño, de patas demasiado largas para su cuerpo y con una mancha blanca en la frente que Luna reconocía incluso desde lejos.
Le gustaba perseguir mariposas.
Saltaba cuando una liebre salía de los arbustos.
Olfateaba las piedras como si debajo de ellas pudiera encontrar algo extraordinario.
Luna siempre tenía que estar pendiente de él.
Por las noches, el potrillo dormía pegado a su costado. Al despertar, buscaba primero el cuerpo de su madre con el hocico.
Ella era su referencia.
Su refugio.
Y ahora era lo único que se interponía entre él y los lobos.
Luna los había descubierto antes de verlos claramente.
Primero escuchó los aullidos.
Después aparecieron las figuras grises sobre una loma lejana.
Eran cuatro.
No atacaron.
Solo observaron.
Al día siguiente estaban más cerca.
Luego volvieron a desaparecer entre las lomas y los mezquites.
Así continuaron durante varios días.
Luna trotaba cuando los veía. Golpeaba el suelo con los cascos. Mantenía la cabeza alta para convencerlos de que todavía tenía fuerza.
Pero por las noches le ardían las piernas.
Cada día comía menos.
Cada día Canelo caminaba un poco más despacio.
La situación empeoró cuando la yegua levantó la cabeza una tarde y descubrió que ya no podía ver al resto de los caballos.
La manada había desaparecido de su campo de visión.
Frente a ella solo quedaban el polvo, las montañas lejanas y los cuatro depredadores.
Los lobos parecían haber entendido lo ocurrido antes que ella.
Ya no tenían que perseguirlos.
Solo tenían que esperar.
Esperar a que Canelo se agotara.
Esperar a que Luna dejara de tener fuerza para defenderlo.
El cuarto día encontraron un pequeño charco escondido entre unas rocas.
Luna dejó que Canelo bebiera primero.
El potrillo bajó el hocico y tomó agua con desesperación.
Luna esperó.
Cuando por fin pudo acercarse, apenas alcanzó a beber unos sorbos antes de escuchar algo detrás.
Un lobo estaba a menos de cincuenta metros.
La yegua levantó la cabeza.
El animal no avanzó.
Solo la miró.
Luna entendió que no tenía prisa.
Al día siguiente obligó a Canelo a seguir caminando.
El calor cayó sobre la llanura y cada paso levantaba polvo.
El potrillo comenzó a tropezar.
—Vamos.
Luna lo empujó suavemente con el hocico.
Canelo avanzó unos metros.
Después se detuvo.
Sus patas temblaron.
Intentó continuar.
Y cayó sobre las patas delanteras.
Luna se acercó.
—Levántate.
Canelo lo intentó.
Volvió a caer.
Entonces apareció el primer lobo.
Después apareció otro.
Luego los otros dos.
Los cuatro comenzaron a rodearlos.
Canelo consiguió levantarse al escuchar un gruñido y se refugió detrás de su madre.
Luna giró el cuerpo.
Quedó entre él y los depredadores.
Uno de los lobos avanzó.
Luna golpeó la tierra.
El animal retrocedió.
Otro buscó acercarse por su costado.
Ella giró de inmediato.
Pero el primer lobo aprovechó el movimiento.
Se lanzó.
Luna pateó con toda la fuerza que le quedaba.
El golpe hizo rodar al animal por el polvo.
Los otros no huyeron.
Se separaron.
Fue entonces cuando Luna comprendió la estrategia.
Uno la obligaba a girar.
Otro avanzaba.
Mientras ella respondía, un tercero buscaba llegar hasta Canelo.
Lo intentaron una vez.
Después otra.
Y otra.
Cada movimiento le costaba más.
Luna respiraba con dificultad.
Sentía las patas temblar debajo de su cuerpo.
El líder permanecía a cierta distancia.
Esperaba.
Parecía saber que el tiempo estaba de su lado.
La siguiente patada de Luna fue más lenta.
La que siguió fue todavía más débil.
Canelo empezó a llorar.
La yegua volvió a colocarse delante de él.
No tenía una salida.
Tampoco tenía otra opción.
Tendrían que pasar primero por ella.
El líder bajó el cuerpo.
Los otros tres comenzaron a abrirse.
Esta vez parecían prepararse para avanzar juntos.
Luna golpeó la tierra.
—No.
Canelo permaneció detrás de ella.
—A él no.
El líder arrancó.
Uno llegó por la izquierda.
Otro por la derecha.
Luna reunió lo último que le quedaba.
Y justo antes de que los lobos alcanzaran a la madre y al potrillo, la tierra vibró.
Un estruendo atravesó la llanura.
Los cuatro lobos frenaron.
Luna también levantó la cabeza.
Otro golpe sacudió el suelo.
No era un disparo.
No era un trueno.
Era algo pesado.
Algo que avanzaba.
Todos miraron hacia la misma colina.
Una nube enorme de polvo se levantó detrás de la cima.
Canelo se pegó todavía más al costado de Luna.
La yegua permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando entender qué veía.
Entonces apareció la silueta.
Era enorme.
Tenía hombros anchos y llevaba la cabeza baja mientras descendía directamente hacia ellos.
No corría.
No parecía necesitarlo.
Cada paso hacía vibrar la tierra.
Los lobos cambiaron de posición.
El líder dio un paso atrás.
Los otros tres se acercaron entre sí.
Por primera vez desde que habían comenzado a seguir a Luna, no parecían concentrados en ella ni en Canelo.
Estaban pendientes de otra cosa.
Luna no sabía si aquella criatura representaba una salvación o un peligro diferente.
No sabía qué quería.
No sabía por qué había aparecido.
Pero había una señal que no podía ignorar.
Los lobos tenían miedo.
El líder retrocedió otro paso.
La figura siguió descendiendo.
Canelo escondió el hocico contra su madre.
Luna mantuvo el cuerpo delante de él.
Durante varios días había sido ella quien obligaba a los lobos a mantener distancia.
Ahora había alguien más ocupando ese espacio.
La silueta continuó bajando por la pendiente.
El polvo se abrió poco a poco alrededor de su cuerpo.
Luna pudo distinguir mejor sus proporciones.
Era mucho más grande de lo que había parecido desde abajo.
El animal mantenía la cabeza baja y avanzaba sin apartar la mirada de los lobos.
El líder volvió a retroceder.
Uno de los otros lobos giró brevemente hacia la llanura.
Parecía buscar una salida.
Luna lo observó.
Por primera vez en días, no era ella quien calculaba hacia dónde podía correr.
Eran los lobos.
Y eso cambiaba todo.
Canelo seguía temblando.
Luna bajó ligeramente la cabeza hacia él.
El potrillo permaneció pegado a su costado.
Ella podía sentir su respiración rápida.
No intentó apartarlo.
No podía darse el lujo de distraerse.
La enorme figura ya estaba mucho más cerca.
Sus pasos seguían marcando el terreno.
Uno.
Otro.
Otro.
Cada uno provocaba una pequeña nube de polvo alrededor de sus patas.
Los lobos se movieron juntos.
No se lanzaron.
No volvieron a rodear a Luna.
El líder miró a sus compañeros.
Después volvió a mirar a la criatura que descendía.
Parecía estar tomando una decisión.
Luna conocía ese tipo de pausa.
La había visto en los lobos antes de cada acercamiento.
La diferencia era que ahora ellos estaban en el lugar que ella había ocupado durante días.
Eran quienes tenían que decidir si quedarse o retirarse.
La figura llegó a la parte baja de la colina.
Luna pudo verla con mayor claridad.
Canelo levantó apenas la cabeza.
Su madre volvió a colocarse delante de él.
No sabía qué iba a ocurrir.
Pero tampoco podía ignorar lo que acababa de suceder.
Los lobos habían tenido una oportunidad clara.
Habían estado a punto de lanzarse juntos.
Y una sola llegada había cambiado su comportamiento.
El líder retrocedió una vez más.
La enorme criatura siguió avanzando.
No aceleró.
No necesitaba hacerlo.
Su tamaño parecía suficiente para mantener a los cuatro lobos calculando cada paso.
Luna sintió que sus piernas seguían temblando.
Había llegado al límite.
Pero seguía de pie.
Y Canelo seguía detrás de ella.
Eso era lo único que importaba.
Durante todo ese tiempo, Luna había protegido a su potrillo sin saber si tendría fuerzas para hacerlo al minuto siguiente.
Había gastado sus últimas reservas en mantenerlo caminando.
Le había cedido el agua.
Había recibido los ataques de los lobos mientras buscaba mantenerlos alejados.
Y cuando ya no podía correr, había decidido que tampoco iba a apartarse.
Ahora algo desconocido se encontraba entre los depredadores y aquella pequeña familia.
Pero Luna todavía no sabía qué significaba su presencia.
La enorme silueta se acercó otro poco.
Los lobos retrocedieron.
Canelo permaneció junto a su madre.
Luna levantó la cabeza.
Y por primera vez desde que comenzó aquella persecución, no tuvo que ser ella quien diera el siguiente paso.